martes, 4 de marzo de 2014

VIENTOS DE GUERRA EN UCRANIA

                        No me equivoqué. Y mira que lo lamento. En un artículo con fecha 26 de enero del presente año, titulado “Ucrania en la encrucijada” (ver Ojo crítico, http://jcremadesena.blogspot.com.es/,), tras una breve reseña histórica y un análisis de los intereses en juego en las entonces revueltas contra el régimen de Yanukovich, expresaba mi preocupación ante un previsible estallido de una guerra civil en Ucrania, así como mi deseo de que tanto Rusia como la UE rebajasen, por mutuo interés y por el bien del pueblo ucraniano, la tensión desbordada tras el pírrico éxito de Putin al conseguir que su aliado rusófilo presidente ucraniano alejase la aspiración de buena parte de los ucraniano de firmar un acuerdo de asociación comercial con la UE, gota que había colmado el vaso para el estallido de las protestas de entonces. Hoy, destituido Yanukóvich por el Parlamento de Ucrania y huido de Kiev, la situación ha empeorado sustancialmente, porque el nuevo gobierno tiene que enfrentarse a los vientos de guerra que soplan con fuerza en Ucrania, alentados por fuerzas extranjeras, que amenazan no sólo la integridad territorial del país sino también la estabilidad y la paz en la vieja Europa.
Se mire como se mire, se analice como se analice, la decisión del Senado ruso de respaldar (por cierto, por unanimidad y con el mejor estilo democrático a la búlgara) el uso del Ejército en Ucrania y, aprovechando la petición de ayuda a Putin por el nuevo líder autonómico de Crimea para restablecer la paz, la posterior ocupación rusa de la península (integrante de la unidad territorial del Estado soberano ucraniano), es una agresión en toda regla a la legalidad internacional establecida. Ni es justificable la petición de intervención que hace el destituido presidente Yanukovich, ni los excesos de unos u otros en las revueltas que finiquitaron su régimen prorruso, ni las raíces rusas de buena parte de la población de Crimea (como sucede en gran parte del territorio oriental ucraniano), ni cualquier otra circunstancia similar para invadir y someter por la fuerza desde el exterior y de forma unilateral a un estado soberano reconocido internacionalmente como tal. Menos aún sin agotar previamente todos los recursos diplomáticos establecidos. Es, como dice al actual gobierno ucraniano una “declaración de guerra” en la que algunos, como el mismísimo jefe de la Armada de Kiev, traicionan a su pueblo y se ponen al servicio del mejor postor, en este caso el invasor ruso. En definitiva, tal como sostiene Rasmussen, Secretario General de la OTAN, “lo que Rusia está haciendo ahora en Ucrania viola los principios de la carta de las Naciones Unidas. Es una amenaza para la paz y la seguridad en Europa”. Justo la paz y seguridad europea que, violada atrozmente en el pasado siglo, especialmente tras la desolación provocada por la segunda de las dos guerras mundiales, se pretendía garantizar en el futuro mediante la citada carta y su posterior desarrollo, en la que, curiosamente, la ciudad ucraniana de Yalta tuvo un especial protagonismo en los posteriores tratados de paz.     
            Basta echar un vistazo al pasado europeo para tener bien presente los riesgos catastróficos de agresiones externas violentas al orden mundial establecido. Hace setenta y cinco años la Alemania de Hitler, con claras pretensiones de anexionarse Checoslovaquia, ocupó previamente su zona fronteriza del norte y oeste, conocida como los Sudetes, pretextando supuestas necesidades de ayuda a las poblaciones germanas que la habitaban, dejando al resto del país incapacitado para resistir la posterior ocupación. Una especie de mal entendido “pacifismo” de las potencias de entonces y, por ende, de la comunidad internacional, apostó por dejar hacer y dejar pasar, mirando hacia otro lado, alentando así al agresor, quien, ante la manifiesta pasividad de los demás, decide reivindicar el derecho a proteger al resto de germanos habitantes de territorios húngaros o polacos. La posterior invasión de Polonia y el inicio de la mayor contienda mundial de la Historia, era previsible ante la laxitud de una comunidad internacional ciega ante las flagrantes agresiones al orden establecido. Y así sucedió.
Es inevitable, salvando todas las distancias, comparar la situación de Crimea con la de los Sudetes y la de toda Ucrania con la antigua Checoslovaquía. Sin entrar en detalles sobre el gran interés económico y estratégico de Rusia por controlar Ucrania (y, especialmente, Crimea), al igual que el de Alemania en su día por Checoslovaquia, un paralelismo que invita a la sospecha, cuando, hasta los argumentos de Putin para invadir militarmente Crimea son bastante similares a los que utilizara Hitler en su día, pues, obviamente, la manifiesta agresión se suele enmascarar en razones que la justifiquen, y la del ruso es bien clara, “ante la amenaza a la vida de ciudadanos rusos”, consiguiendo gran alegría entre la población prorrusa de Ucrania. ¿Quedará inerme Ucrania como le sucedió a Checoslovaquia? No en vano y para afianzar el paralelismo, la reciente reunión de la OTAN ha sido convocada a petición de Polonia, que, como entonces, se considera “amenazada” por una posible intervención militar, en este caso de Rusia en vez de Alemania y en Ucrania en vez de Checoslovaquia.
Esperemos que en esta ocasión la comunidad internacional esté a la altura de las circunstancias, aunque, visto lo visto en otros conflictos locales, tampoco hay que albergar grandes esperanzas. Tiempos difíciles se avecinan si estos vientos de guerra que soplan en Ucrania en vez de amainar se tornan en vientos huracanados.

                                    Fdo. Jorge Cremades Sena 

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