lunes, 19 de junio de 2017

SOMOS LA IZQUIERDA



                        Desde aquel lema o eslogan del XXVII Congreso del PSOE en 1976, “Socialismo es libertad”, el primero en España tras la Guerra Civil, y el del “Por el cambio” de la campaña electoral de 1982, que tantos apoyos concitó, hasta el actual de “Somos la izquierda” del XXXIX Congreso Federal, recién celebrado, ha llovido mucho. Tanto que los propios delegados al Congreso, los medios y los tertulianos hablan de un “nuevo PSOE”, como si el viejo PSOE ya no sirviera para nada, como si hubiera que enterrarlo, como si no hubiera existido, cuando es protagonista privilegiado y responsable primordial del cambio político en España, del tránsito de la dictadura a la democracia, del subdesarrollo al desarrollo en todos los sentidos, de la falta de libertades a la consolidación de la libertad, del aislamiento al reconocimiento internacional, de la desigualdad a la igualdad, del centralismo gubernamental a la descentralización territorial jamás pensada… En fin, de tantas y tantas urgentes necesidades que, tras el lema de su histórico Congreso definiendo su esencia principal como partido, “la libertad”, resumía en su eslogan de campaña electoral posterior, “el cambio”, que, en todos los sentidos, necesitaba nuestro país para situarse en un lugar privilegiado del concierto internacional, homologándose con la parte del mundo que apuesta por la democracia y la libertad. Y, obviamente, el éxito fue arrollador. Así suele suceder cuando los objetivos políticos de un proyecto son claros y cuando el análisis de la realidad es acertado. Y así fue hasta que en 1996, ya en plena democracia consolidada, se produce el siguiente relevo gubernamental, lógico y saludable en democracia, producto del lógico desgaste, de algunos desaciertos y de algunas conductas indeseables por parte de algunos dirigentes. Hasta aquí, todo normal, pero desde entonces el PSOE, lamentablemente, va de mal en peor, dando tumbos y palos de ciego, a pesar de que extraordinarias circunstancias propiciaran de nuevo su acceso al Gobierno en 2004, y sobre todo, muy especialmente, desde que se hizo palpable su incompetencia para afrontar la crisis económica que llevó a nuestro país al borde de la ruina y al PSOE a la oposición de nuevo.
            Pero si aquel “viejo PSOE” jamás tuvo que reafirmar su identidad en sus lemas congresuales, pues todo el mundo sabía lo que era y representaba, mal asunto que este “nuevo PSOE” tenga que hacerlo para darse a conocer y además de forma imprecisa. ¿Es que el “viejo PSOE” no era de izquierdas? ¿Qué era pues? ¿Acaso los comunistas no reivindicaban sin éxito que la izquierda eran ellos desde el principio? ¿Y qué? Es paradójico que, cuando el comunismo (la otra izquierda, pues no sólo hay una) se ha diluido estratégicamente entre opciones populistas y anticapitalistas, maquilladas como transversales para disfrazar su verdadero proyecto totalitario y caduco, el “nuevo PSOE”, como solía hacer tanto el PCE como IU, recoja su fracasada estrategia y haga gala presuntuosa no ya de girar a la izquierda en sus políticas sino de ser la izquierda misma, única y sacrosanta. ¿Decir “somos la izquierda” supone que somos comunistas, anarquistas o anticapitalistas? ¿Acaso dichas opciones “de izquierdas” no son incompatibles en sí mismas con la izquierda socialdemócrata? Me temo que este “nuevo PSOE” sigue instalado en una nebulosa falaz, cuando lo que interesa a los españoles es conocer las propuestas, concisas y concretas, para resolver sus problemas desde una óptica de izquierda moderada, socialdemócrata y progresista, frente a las provenientes de una izquierda radical minoritaria en toda Europa. Si además el “nuevo PSOE” se suma al errático análisis de la realidad de la otra izquierda, una España catastrófica al borde del abismo, ni sus objetivos políticos son claros ni el análisis de la realidad acertado. Lo contrario de lo que sucedía con el “viejo PSOE”, hasta que inició un cambio de rumbo hacia la indefinición y la pérdida de identidad.
            Si entonces el principal problema de España era consolidar la democracia, afianzando la libertad, la igualdad y la solidaridad de todos los españoles, para que dejaran de ser súbditos y se convirtieran en ciudadanos, hoy el principal problema es todo lo contrario, un pulso totalitario a la democracia, concretado en especial en el desafío independentista catalán y más amplio y difuminado por quienes pretenden acabar con el Estado de Derecho, al que tachan como “régimen”. ¿Estará el “nuevo PSOE” a la altura de las circunstancias? De momento la inoportuna inclusión en su proyecto de la “España plurinacional”, tan del gusto de la otra izquierda y de los secesionistas, genera bastantes incertidumbres, pues, en el mejor de los casos, sería un proyecto teórico a largo plazo al requerir una mayoría cualificada en las Cortes Generales y en el pueblo español, hoy bastante improbable, y al plantearse en pleno desafío totalitario independentista. ¿No sería preferible ser socialistas en vez de ser “la izquierda”? Pienso que sí.
                                    Fdo. Jorge Cremades Sena

viernes, 2 de junio de 2017

SECESIONISMO, JUGANDO CON FUEGO



                        Dice el refrán que “quien juega con fuego se quema” y eso es lo que le está pasando a España desde hace tiempo con el ilegal “procés” secesionista de Cataluña, al extremo de que estamos a punto de quemarnos, si es que no nos hemos quemado ya. Ni los sucesivos gobiernos que ha habido en España, ni los respectivos partidos que los han sostenido, han estado a la altura de las circunstancias y, más pendientes de las estabilidades gubernamentales o de los réditos electorales que de la consolidación democrática, han ido alimentando la bicha nacionalista, hoy convertida en monstruo independentista, a base de concesiones intolerables a su insaciable voracidad competencial y a base de mirar para otro lado cuando, rebasando dichas competencias, los gobiernos autónomos han ido saltándose, intolerable e indecentemente, la legalidad vigente, actuado descaradamente al margen de la Ley y socavando peligrosamente el Estado de Derecho. Al final, de aquellos polvos, estos lodos, y hoy estamos abocados a afrontar un difícil desafío totalitario, consolidado y plagado de demagogias, mentiras y verdades a medias, que han ido calando impunemente en algunos sectores de la ciudadanía gracias además a las interesadas ambigüedades sobre determinados conceptos y a las equidistancias calculadas con los independentistas por parte de determinados partidos democráticos, que, en vez de posicionarse clara y contundentemente del lado de la democracia y la legalidad sin fisura alguna ni resquicio para otorgar la más mínima credibilidad a los totalitarismos secesionistas, prefieren anteponer sus intereses particulares al esencial interés democrático general. Es inaplazable pues desenmascarar de una vez por todas a quienes están firmemente del lado del Estado de Derecho y a quienes, jugando al despiste, siguen alimentando el monstruo del independentismo totalitario con inexactitudes demagógicas sobre procesos y conceptos básicos que, planteados de forma genérica interesada, se presentan de forma engañosa a la ciudadanía.
            De entrada hay que aclarar que en democracia, en cualquier Estado de Derecho, nadie está por encima de la Ley, democráticamente establecida, ni de los procedimientos acordados para modificarla, por lo que ningún gobernante o institución democrática puede actuar de manera absolutista sobre competencias que no le corresponden. Por tanto, al margen de la bondad o maldad de las pretensiones que se tengan, ni Rajoy ni Puigdemont, ni el Gobierno Español ni la Generalitat de Cataluña, pueden pactar un “referéndum independentista” no contemplado en nuestro marco legal; ni el Parlament tiene potestad para instarlo, pues sólo las Cortes Generales, sede de la soberanía nacional, estarían capacitadas competencialmente para, previa modificación de la ley, permitirlo o no en el futuro. Y Puigdemont se niega a exponer su proyecto en el Congreso, tal como le indica Rajoy, actuando no sólo al margen de la ley, sino además instando a que lo haga el Presidente del Gobierno.
            Y, por si lo anterior no fuera suficiente para oponerse al “procés”, los independentistas engañan a la ciudadanía jugando con conceptos genéricos e imprecisos como el “derecho a decidir”, inexistente en la legalidad internacional y en el derecho constitucional, sin precisar qué decidir y cómo decidirlo, lo que, mezclado con conceptos resbaladizos y ambivalentes, como “nación” o “pueblo”, se convierte en una verdadera bomba antidemocrática en manos de los totalitarismos. En efecto, al igual que ellos hablan de “nación catalana” o “pueblo catalán” está acuñado y asumido en términos jurídicos e históricos los conceptos de “nación española” o “pueblo español”, al que pertenecen, entre otros, el territorio de Cataluña y los catalanes, sobre todo, porque así lo han ido decidiendo conjuntamente a lo largo de la Historia compartida, incluido el referéndum que ratificó la vigente Constitución Española, con amplísimo respaldo de los catalanes, y que define a España como “nación”, fundamentándose en su “indisoluble unidad” como “patria común e indivisible de todos los españoles”. Por tanto, no estamos ante un inexistente, impreciso y genérico “derecho a decidir”, que ya satisficieron los catalanes y el resto de españoles, sino ante el existente, preciso y concreto “derecho a la autodeterminación de los pueblos”, que en el derecho internacional queda restringido a “pueblos y países sujetos a dominación colonial” o a pueblos sometidos a dominación racista o extranjera que no gocen de libertad ni tengan derechos ciudadanos, lo que obviamente no es el caso de Cataluña, por lo que siempre prevalecería el principio de “integridad territorial del estado” al que pertenece y del que forma parte desde hace siglos.
Así pues, una hipotética independencia de Cataluña, máxime si se lograra por vía unilateral y al margen de la ley, estaría condenada directamente a la repulsa generalizada del orden internacional establecido, pues sería una violación al mismo, inadmisible para la inmensa mayoría de los Estados que conforman el actual mapa mundi político. Jugar pues con supuestos derechos a decidir, con nación de naciones españolas y con cosas por el estilo es sencillamente apostar por el totalitarismo frente a la democracia.  
                        Fdo. Jorge Cremades Sena

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